Categoría: Lecturas interesantes
26 Julio 2006
En su libro "Sobre la muerte y los moribundos", la doctora Elisabeth Kübler-Ross comparte con nosotros distintas entrevistas tanto a pacientes terminales como a sus familiares, con el afán de hacernos entender el proceso que ellos tienen que llevar durante la enfermedad. El punto foco del libro es la importancia de dejar que los pacientes y sus familiares cercanos hablen del proceso y de sus sentimientos con respecto a la enfermedad y la muerte.
El capítulo 9 se lo dedica a la familia del paciente y creo que, dada la naturaleza de este blog, es importante compartir lo que leí con ustedes. Sin embargo, sería muy largo (y probablemente incurriría en problemas de derechos de autor) transcribir el capítulo en su totalidad, por lo que he decidido darles sólo una probadita escribiendo los puntos que me parecen más importantes.
Cambios en la casa y efectos sobre la familia
No podemos ayudar al paciente desahuciado de un modo verdaderamente importante si no tenemos en cuenta a su familia. Ésta tiene un importante papel durante la enfermedad y sus reacciones contribuirán mucho a la respuesta que de el paciente en la enfermedad.
Es importante para los familiares organizarse de tal manera que la responsabilidad de estar en el hospital las 24 horas del día no recaiga en una sola persona porque ésta no podrá dar el 100% durante los momentos de visita. Igual que tenemos que respirar, la gente tiene que "cargar batería" a veces fuera de la habitación del enfermo, vivir una vida normal de vez en cuando; no podemos funcionar eficazmente si tenemos siempre presente la enfermedad. Es más importante para el paciente y su familia ver que la enfermedad no rompe totalmente un hogar, ni priva completamente a todos los miembros de cualquier actividad polacentera; más bien, la enfermedad puede permitir un cambio y un ajuste gradual a la clase de casa que va a ser aquella cuando el paciente ya no esté allí.
Los miembros de la familia deberían administrar sus energías y no esforzarse hasta el punto en que se derrumben cuando más se los necesita.
Problemas de comnicación
A menudo es a la mujer o al marido a quien se le habla de la gravedad de una enfermedad. A menudo se les deja a ellos la decisión de compartirlo o no con el paciente, o de qué es lo que se ha de ocultar a éste o a otros miembros de la familia. A menudo se les deja a ellos decidir cuándo y cómo hay que informar a los hijos, que es quizá la tarea más difícil, especialmente si los hijos son jóvenes.
Durante estos días o semanas curciales, mucho depende de la estructrua y unidad de cada familia concreta, de su capacidad para comunicarse, y de si disponen de verdaderos amigos. Un extraño neutral, sin excesivas implicaciones emocionales, puede prestarles gran ayuda escuchando las confidencias de la familia, sus deseos y preocupaciones.
Los problemas del paciente moribundo se acaban, pero los problemas de la familia continúan. Muchos de esos problemas pueden disminuir cuando se habla de ellos antes de la muerte de un miembro de la familia. Desgraciadamente, la gente tiende a disimular sus sentimientos ante el paciente, a intentar mantener una cara sonriente y una apariencia de falsa alegría que tarde o temprano habrá de venirse abajo.
El sentimiento de culpa es quizás el compañero más doloroso de la muerte. Cuando se diagnostica que una enfermedad puede ser fatal, los miembros de la familia a menudo se preguntan si no serán responsables de ella. "Si le hubiera llevado al médico antes" o "Debería haberme dado cuenta antes del cambio y haberle incitado a buscar ayuda" son lamentaciones frecuentes. Hablas con un médico, amigo de la familia, párroco o especialista, puede ayudar al familiar a sobrepasar estos sentimientos de culpa mal fundamentados.
Los parientes de pacientes muy enfermos deberían poder usar los servicios de los asistentes sociales o capellanes, el tiempo necesario para cada uno de ellos, y los médicos y enfermeras deberían entrar frecuentemente en estas habitaciones para responder a preguntas y aliviar preocupaciones.
La familia después de producirse la muerte
Una vez muerto el paciente, considero cruel e inadecuado hablar del amor de Dios. Cuando perdemos a alguien, especialmente cuando hemos tenido poco o ningún tiempo para prepararnos, estamos furiosos, enojados, ,desesperados; debería permitírsenos expresar estos sentimientos. A menudo los miembros de la familia se quedan solos en cuanto han dado su consentimiento para la autopsia. Llenos de amargura, de ira, o simplemente deshechos moralmente, recorren los pasillos del hospital, a menudo incapaces de enfrentarse a la brutal realidad. Los primeros días estarán muy ocupados, haciendo gestiones y atendiendo a los parientes y amigos que vendrán a verles. El vacío se siente después del entierro, cuando se han marchado los parientes. Es entonces cuando los miembros de la familia agradecen más tener a alguien con quien hablar, especialmente si es alguien que tuvo contacto reciente con el difunto y que puede compartir anécdotas de algunos buenos momentos hacia el final de la vida del difunto. Esto ayudará al pariente a superar con más facilidad la conmoción y el dolor inicial y le preparaba para una aceptación gradual de los hechos.
Solución del dolor y la rabia
Dejemos que el pariente hable, llore o grite si es necesario. Dejémosles compartir y expansionar sus sentimientos y estemos disponibles. Cuando hn terminado los problemas del muerte, al pariente aún le queda una larga temporada de duelo.
Si toleramos su rabia, tanto si va dirigida contra nosotros, contra el muerto o contra Dios, les estamos ayudando a dar un gran paso hacia la aceptación sin culpabilidad. Si les reprochamos que se atrevan a airear estos pensamientos tan mal considerados socialmente, somos culpables de prolongar su dolor, su vergüenza y su culpabilidad, que a menudo provocan enfermedades tanto físicas como psíquicas.
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4 Abril 2006
Estuve enfermo, y me dieron como único nombre "cama 24";
estuve enfermo, y me preguntaron si venía por el seguro o privado;
estuve enfermo, y me operaron sólo porque querían hacer prácticas;
estuve enfermo, y me quejé del dolor y comentaron: "se queja sin razón";
estuve enfermo, y oí decir: "No lo voy a atender yo siempre..."
Estuve enfermo, y me llamaron por mi nombre;
estuve enfermo, y venían cada mañana sonrientes a decirme "Buenos días";
estuve enfermo, y fui para ellos "alguien" y no algo;
estuve enfermo, y venían a verme para ofrecerme paz;
estuve enfermo, llegué con miedo al hospital y me acogieron con solicitud y cariño.
Estuve enfermo, y dieron vuelta a mi almohada para que estuviera mejor;
estuve enfermo, y me trataron con competencia;
estuve enfermo, y me dieron lo que más necesitaba: cariño, comprensión, escucha y amor;
estuve enfermo, y me dieron a Dios.
Tomado del cuadernillo "Cuando visites a un enfermo" de Mateo Bautista
Cada uno de nosotros, desde nuestras respectivas trincheras tenemos la oportunidad de evitar tener enfermos que sean tratados como "bultos" y buscar tener cada vez más enfermos que sean tratados con el amor que merecen.
servido por Sayuri
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31 Marzo 2006
En su libro “Vivir hasta despedirnos” la doctora Elisabeth Kübler-Ross relata los últimos días en la vida de 4 personas con enfermedades terminales y en diferentes etapas de la vida... la mayoría de los pacientes descritos en este libro deciden tener calidad en lugar de cantidad de vida al enfrentarse a sus respectivas enfermedades y pasar sus últimos días en casa con sus seres queridos, en lugar de un final solitario en hospital, y uno de los pacientes, decide internarse en un hospicio especializado en el tratamiento de pacientes terminales con amor y comprensión.
He decidido transcribir parte de uno de los capítulos del libro, el capítulo se titula “Trato amoroso en el hogar” y explica los beneficios de superar los propios miedos y ver por encima de todo las necesidades del paciente:
Tras dedicarme durante cinco años a la atención de pacientes terminales y a la enseñanza de sus necesidades –de su soledad y de su capacidad para comunicarse si tenían cerca un oído dispuesto a escuchar- a estudiantes, capellanes, enfermeras y asistentes sociales en el University Hospital de Chicago, llegué a la convicción de que tenía que marcharme. Marcharme para que otros, sin tener que consultarme, tuvieran el valor de seguir sirviendo y escuchando a estos enfermos. Sin embargo, después de abandonar el hospital, resultó que los pacientes continuaban llamándome y que yo no podía visitarlos en los hospitales en los que carecía de facilidades para ello.
Entonces empecé a reflexionar sobre la necesidad de una asistencia cuidadosa, unida a un adecuado alivio del dolor, en un ambiente positivo y libre de miedo. Por su parte, muchos de mis pacientes y sus familias comenzaron a darse cuenta que, en realidad, podían elegir. Muy pocas familias habían considerado la posibilidad de llevar a sus familiares a casa para morir; la norma, por el contrario, era llevarlos al hospital cuando estaban muriéndose. Es más, no sólo era la norma en toda la sociedad, sino que era el comportamiento esperado: significaba que la familia había hecho todo lo posible, que no podía culparse a nadie, que los mejores especialistas y el mejor equipo estaban donde el ser querido iba a fallecer. Cuando planteábamos nuestro punto de vista, los poníamos frente a una filosofía completamente diferente: se trataba de llevarlos al hospital sólo mientras pudieran recibir un tratamiento adecuado, mientras la quimioterapia y la radioterapia fueran útiles, pero éramos partidarios de devolverlos al hogar cuando el tratamiento deja de producir resultados positivos.
Empleamos el mismo enfoque en el caso de los niños con tumores cerebrales cuando fallaban todos los tratamientos, incluida la administración de fármacos experimentales. En un momento dado, los mismos niños nos indicaban que ya estaban hartos de inyecciones, punciones en la médula y demás tratamientos: querían volver a casa. A menudo, cuando transmitíamos estos deseos a los padres, estos no querían ni oír hablar de ello a causa de sus propios miedos y ansiedades. De todos modos, nosotros se lo demostrábamos por medio de los dibujos infantiles, de sus comunicaciones simbólicas, y muchos padres acababan por escuchar las súplicas de sus pequeños. Muchas esposas aceptaban llevar a su marido a casa, y muchos maridos a su mujer, siempre que pudieran llamar a alguien cuando, ante un comportamiento inesperado o un síntoma desconocido, fueran presa de los nervios, la ansiedad o el pánico.
Sabían perfectamente que muy pocos médicos hacen visitas a domicilio. Y como viajo constantemente –tengo pacientes en muchos lugares de EEUU, desde Nueva York a San Francisco-, estaba claro que yo no podía estar en todas partes al mismo tiempo. Al final, planteábamos a las familias la posibilidad de llevar a los enfermos terminales a casa, sabiendo que podían contar con nosotros y diciéndoles cuándo podría ponerme en contacto con ellos, ya fuera por teléfono ya haciendo una visita corta. Las enfrentamos al reto de plantar cara a sus propios miedos y las animamos a movilizar todo el valor necesario para intentarlo.
Lo bonito de estas conversaciones era que requerían muy poco tiempo. A menudo, en media hora la familia estudiaba las alternativas y se daba cuenta de las posibilidades de llevar al paciente a casa, comprendían las ventajas de un ambiente familiar, con una atención mucho menos costosa para sus seres queridos, una presencia física constante y el hecho más importante de que ellos –familia y paciente- tenían en realidad una alternativa.
Tras discutirlo con el enfermo terminal, muchos pacientes y familias se mostraban partidarios de aprovechar la oportunidad y hablaban del asunto con el médico que llevaba el caso. Con frecuencia, amigos y vecinos venían a echar una mano en el traslado y no era difícil encontrar la ayuda necesaria para transformar cualquier habitación en un cómodo cuarto de enfermo con todos los elementos necesarios.
Los niños de la casa eran quienes resultaban más afectados por ese cambio, ya que muchos de ellos hacía semanas que no veían a sus padres y madres. Se ponían muy contentos cuando se enteraban de que “mamá iba a volver”. Había que prepararlos, advirtiéndoles de que mamá tenía un aspecto físico un poco diferente, que ya no podía hacerles cosas ni ir a pasear con ellos. Se les enseñaba a no hacer demasiado ruido, a no golpear las puertas y a no ver la televisión sin pedirle permiso a mamá. Pero estas restricciones se veían más que compensadas por la presencia de la madre, todavía capaz de acariciarles el pelo, saludarlos, tocarlos, cogerles la mano y sonreírles, a veces incluso de derramar una lágrima. Muchos niños, cuando podían estar entre los brazos de la madre, decían una y otra vez: “Me alegro muchísimo de que hayas vuelto, mamá”. Lo más importante para un niño, independientemente de lo enfermo que esté un progenitor, es estar cerca del padre o la madre, tenerlos físicamente cerca y no sentir que están recluidos en un lejano hospital donde no pueden visitarlos nunca.
Los niños pueden llegar de cocineros, asistentes y enfermeros. El pequeño Rusty se convirtió en el enfermero de su hermanita Jaime, capaz de encargarse de la tienda de oxígeno y del aparato de succión. Contribuir al cuidado de una hermana pequeña y ayudar a la madre puede dar al niño una gran sensación de realización. Fue muy importante hacer hincapié en esto al hablar con las familias, dejando bien claro que una persona sola nunca puede ocuparse de un enfermo terminal, que como mínimo son necesarias dos personas para que la vida continúe del modo más natural y normal posible.
A la mujer de un enfermo terminal, se la animó para que fuera a la peluquería una vez a la semana, tal como hacía antes de la enfermedad. A un hombre, se le alentó para que siguiera yendo a la bolera con sus amigos, como era habitual antes de la enfermedad de su mujer. Es importante que los miembros de la familia sigan viviendo, que no se alejen de las demás relaciones, puesto que la pérdida sería enorme y se les haría mucho más difícil volver a empezar una vez llegada la muerte. A los niños, debería permitírseles llevar amigos a casa, aunque tengan que jugar en silencio en otra habitación. Nosotros los hemos animado a hablar con los enfermos, ya fueran hermanos, padres o abuelos, sobre cualquier tema, incluso de la muerte o de los preparativos para el funeral. Y así lo han hecho con padres y padres moribundos, con hermanos y hermanas y, a veces, con abuelos y abuelas, quienes parecen ser los más remisos...
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19 Febrero 2006
NOTA AL MARGEN DEL ARTÍCULO: Mamá siempre fue una mujer sana, a sus 53 años, antes de esta enfermedad sólo había entrado al hospital para sus partos. La bacteria que la atacó era muy rara y se tardaron casi tres semanas en poder detectar realmente cual era el problema. Previo a esa semana nos dieron algunos diagnósticos erróneos entre los cuales se encontraban desde un esguince en la espalda (para lo cual la estuvieron tratando con fisioterapia durante las 2 semanas previas a su entrada al hospital)hasta cáncer en etapa terminal.
9 enfermedades difíciles de detectar
Yolanda García vivía entregada a su trabajo y a su familia. Durante años fue coordinadora general de una ONG al cuidado de niños desnutridos en comunidaes indígenes de México. En 1990, tras un accidente, su madre necesitaba una transfusión de sangre y Yolanda no dudó en ofrecer la suya. Así descubrió que era portadora del virus de la hepatitis C. "Me sentía una mujer sana: 50 años, ni un gramo de sobrepeso, ningún síntoma que se pudiera relacional con hepatitis, el hígado en perfectas condiciones".
En 1968, al dar a luz a su cuarto hijo, Yolanda sufrió una hemorragia, y posiblemente recibió sangre contaminada con el virus que entonces no se conocía bien.
Pero no fue hasta 2001 que empezó a sentir los primeros síntomas; una intensa pesadez en la cabeza, episodios de vértigo y mareos. Durante más de 33 años había estado incubando una enfermedad potencialmente fatal, y ningún doctor la había detectado.
Historias como esta son muy frecuentes. Algunas enfermedades y trastornos se desarrollan sin señales de aviso. O presentan síntomas tan vagos que los doctores se quedan atónitos porque ningún análisis ni prueba de laboratorio descubre fácilmente qué está fallando.
Hepatitis C
La causa de esta enfermedad es un virus que se transmite por contacto con sangre infectada. Al principio, produce inflamación del hígado. En las etapas más avanzadas de la infección puede causar cirrosis y cáncer.
Factores de riesgo: haber recibido una transfusión hace más de 10 años, pero también trabajar en hospitales y centros médicos donde los empleados pueden contagiarse accidentalmente con sangre infectada. El mayor riesgo lo corren quienes se inyectan drogas o se tatúan, y los pacientes más veteranos de hemodiálisis. "Si fue sometido a cirugía hace más de 10 años, debe pedir que examinen su sangre", aconseja el doctor Misael Uribe, presidente de la Academia Nacional de Medicina.
Síntomas: casi todos los casos nuevos de hepatitis C son asintomáticos. "Es una enfermedad silenciosa", dice Uribe, "el 30% de los infectados, no presenta síntomas de ningún tipo", sin embargo, en las etapas más avanzadas de la enfermedad se pueden manifestar desde fatiga, molestias digestivas, dolores musculares y de las articulaciones, hasta enfermedades de los riñones y cirrosis.
Diagnóstico: un análisis de sangre es suficiente para detectar el virus.
Tratamiento: una combinación de medicamentos derivados de intenferón y antivirales para la infección, pero el tratamiento suele durar hasta cuatro años, y muchos pacientes no responden bien. "Estoy tomando Ormitin-Aspartato, una medicina para bajar el amonio que mi hígado no ha estado eliminando", dice Yolanda García "En unos días de tratamiento, el dolor de cabeza que sufrí por años desapareció por completo".
Lupus
Blanca Gil, una estudiante de comunicación social de 24 años, no daba crédito a lo que oía cuando le diagnosticaron lupus. A los 15 años le aparecieron unas ampollas en la piel de las manos. No les hizo mucho caso hasta que empezaron a salirle en la cara. Pasó tres años de un doctor a otro buscando una respuesta, pero nadie podía diagnosticar su problema. "Me decían que era neurodermatitis, alergia al sol, hasta cáncer". Después de una biopsia, un doctor se aventuró a suponer que se trataba de lupus, un trastorno del sistema inmunológico que hace que las defensas ataquen al mismo organismo que se supone deben defender, provocando daños en los tejidos. "No hay nada en la sangre que los manifieste", dice el especialista en inmunología de Médica Londres, Miguel Uranga. "Y los síntomas pueden variar mucho de caso en caso. Por eso es difícil de diagnosticar".
Factores de riesgo: ser una mujer de entre 17 y 40 años de edad, aunque también la pueden padecer los hombres. Hasta hoy se reconoce como una enfermedad de tipo genético.
Síntomas: varía mucho de un paciente a otro. "Empiezas a sospechar que se trata de lupus cuando tienes a una mujer joven con caída de pelo, manchas en la piel, que le molesta la luz solar, con dolores articulares, que se siente muy cansada", indica Uranga. Pero también puede afectar los ojos, los pulmones, o prácticamente cualquier órgano.
Diagnóstico: el doctor considera el historial clínico del paciente y realiza algunos análisis para cerciorarse. "Muchas veces los pacientes llegan al diagnóstico adecuado después de años, con la enfermedad en un estado muy avanzado", dice el doctor Uranga.
Tratamiento: se utilizan varios medicamentos, de acuerdo con los síntomas del paciente. Si se detecta a tiempo, antes de que el riñón se dañe de manera muy severa, los pacientes de lupus tienen una esperanza de vida como cualquier otra persona. Blanca, que ahora lleva 4 años de tratamiento con el doctor Uranga, se siente mucho mejor. "Saber lo que tienes y cómo actuar marca la diferencia. Ahora me siento como una persona normal, pero me costó hacerme a la idea de que voy a padecer esto de por vida".
Enfermedad celiaca
Es el cumpleaños de María, una bonita niña de tres años, y lo está celebrando por todo lo alto: juegos inflables, hamburguesas, perros calientes, regalos, piñata y pastel. La única diferencia entre éste y cualquier otro cumpleaños infentil de la Ciudad de México es que ningún alimento contiene gluten.
Hace dos años, cuando ella y su familia se mudaron de Barcelona a la capital mexicana, María empezó a tener diarreas my seguidas, se retrasó su crecimiento, su cabello se volvió seco y quebradizo, y lopeor: "Su ánimo decayó, estaba todo el día de mal humor, no quería hacer nada y se alteraba por cualquier cosa", recuerda Cecilia Blasco, su madre, una joven arquitecta de 29 años. "Los doctores nos decían que era el cambio de alimentación, la llegada de su hermanito, el nuevo país... hasta que María podía ser alérgica a los pañales".
Seis meses después de la aparición de los primeros síntomas, el pediatra de María, desde Barcelona, les recomendó, vía correo electrónico, realizar unos análisis para descartar la posibilidad de que la niña fuera celiaca.
Los resultados fueron positivos y, desde ese momento, Cecilia y su esposo han tenido que cambiar sus vidas para supervisar cuidadosamente la alimentación de su hija.
Imagínese ser sensible a los granos de mayor consumo en el mundo: el trigo, la avena, el centeno y la cebada. Todos ellos contienen gluten, la proteína que da elasticidad a la masa del pan. Cuando María come cualquier alimento que contiene gluten, las proyecciones de la mucosa del intenstino delgado, llamadas villi, se encogen o desaparecen, y esto la hace ser incapaz de digerir completamente los alimentos. La enfermedad celiaca puede provocar osteoporosis, anemia y serias deficiencias vitamínicas.
Factores de riesgo: al parecer se trata de un padecimiento de tipo genético. Las personas de origen europeo son más propensas a padecerlo. En México no se tienen datos precisos de la incidencia de esta condición; sin embargo, según las cifras de la Asociación de Celiacos de México, 1 de cada 500 mexicanos la tienen. Aunque probablemente el porcentaje sea mucho más alto, puesto que el 70% de los celiacos no presentan ningún síntoma y si los presentan, se confunden con otras enfermedades, como en el caso de María. Los síntomas de una celiaquía latente pueden aparecer de manera repentina, con el estrés, el embarazo o después de una infección viral.
Síntomas: inflamación y dolores abdominales, estreñimiento o diarrea persistentes, anemia, pérdida o aumento de peso, dolores articulares, incluso fatiga y depresión. Los especialistas aclaran que esta enfermedad no necesariamente se presenta durante la niñez.
Diagnósticos: un análisis de sangre especial permite detectar los anticuarpos asociados con la condición celiaca, seguido de una biopsia de intestino delgado.
Tratamiento: si se sigue una dieta estricta sin gluten, los celiacos son personas sanas, y por eso es más bien una condición que una enfermedad. "Muchos más productos de los que uno piensa contienen gluten. Para saberlo con certeza se necesita el apoyo de las empresas alimenticias. Yo le daba a María tortillas de maíz de las que venden en el súper hasta que descubrí que les ponen cierta cantidad de harina de trigo para hacerlas más suaves. María sólo empezó a mejorar cuando dejó de comer gluten por completo. No se vale sólo un poquito".
Hemocromatosis/Hemosiderosis
Mirna Talbott, un ama de casa de 66 años, tuvo un accidente de bicicleta en Estados Unidos cuando tenía 59. No parecía muy grave, pero los hematomas empeoraron y pronto se le sumó un problema digestivo severo. A su regreso a México, estuvo internada en un hospital donde le hicieron todo tipo de análisis. Así, descubrieron que Mirna sufría talasemia, una condición de tipo genético que afecta a los glóbulos rojos de la sangre. Una de las consecuencias es la hemosiderosis o hemocrematosis, "una enfermedad en la cual el hierro que es ingerido, o el que pasa al organismo por medio de transfusiones, no es eliminado en su totalidad", dice la doctora Patricia Oropeza, hematóloga del Hospital General de Zona #8 del IMSS. Cuando nuestra sangre no metaboliza el hierro, este se almacena en diferentes órganos, principalmente el hígado y el corazón. Rara vez es mortal, pero cuando no se detecta, la hemocromatosis puede destruir los órganos en los que se deposita.
Factores de riesgo: La hemocromatosis es predominante en personas de origen celta, británico y nórdico, aunque no está restringida a estos grupos étnicos. También dentro del grupo de alto riesgo están las personas que por razones médicas reciben más de 10 transfusiones de sangre al años, y las que padecen talastemia (anemia hemolítica congénica), como la señora Mirna Talbott.
Síntomas: diabetes, insuficiencia hepática, coloración de la piel (bronceado). Dolores de las articulaciones, fatiga, dolor abdominal y problemas de corazón. Din embargo, al igual que Mirna, muchas personas no presentan síntomas cuando se les realiza el diagnóstico.
Tratamiento: si es hemocromatosis primaria, la cual es rara en México, el mejor tratamiento son las sangrías -extracción de sangre periódica-, pero si es secundaria, se trata con una medicina (la deferoxamina) que va retirando el hierro de la sangre. La señora Talbott dice sentirse mucho mejor después de estar cuatro meses en tratamiento con Desferal.
Aneurismas
Los expertos coinciden en que los aneurismas son como bombas de tiempo, y por una buena razón: no aparece ningún síntoma hasta que el vaso sanguíneo defectuoso se rompe. Los aneurismas se encuentran a menudo en las grandes arterias del pecho y la cabeza, y son también los que tienen un desenlace fatal: casi la mitad de las víctimas mueren inmediatamente. Sin embargo, el pronóstico es optimista para aquellas personas a quienes se les detecta un aneurisma antes de que se rompa.
Factores de riesgo: "entre el 2 y 4 por ciento de la población tiene aneurismas", dice el doctor Víctor Hugo Rosas Peralta, presidente de la Sociedad Mexicana de Cirugía Neurológica, "pero no todos se rompen. La incidencia de aneurismas es más alta que la ruptura espontánea". Las enfermedades arteriales, la presión alta, el tabaquismo y tener parientes cercanos que hayan padecido aneurismas aumentan el riesgo de padecer este problema.
Síntomas: cuando estalla un aneurisma cerebral, se presenta al instante un dolor de cabeza que puede ser desde ligero hasta muy agudo. Otros síntomas incluyen náusea, vómitos, visión borrosa y rigidez de la nuca. Los aneurismas de la aorta anuncian su presencia con un gran dolor de pecho o abdomen.
Diagnóstico: el doctor Rosas ofrece un consejo: cualquier persona que sospeche de una aneurisma roto debe ser conducido inmediatamente a un hospital para realizarle estudios de imagen como la angiotomografía y angioresonancia, entre otros, con el fin de estar realmente seguros que se rompió un aneurisma.
Tratamiento: una vez identificado el aneurisma, se analiza y se decide cómo proceder. Se puede hacer una cirugía o bien, se puede intervenir por vía endovascular arterial, utilizando catéteres especiales que se introducen desde la ingle por la arteria femoral hasta las arterias del cerebro. Una vez localizado el aneurisma, se introducen pequeños "coils" (diminutos espirales metálicos), con los que se rellena la cavidad aneurismática y se resuelve el problema.
Hipertensión arterial pulmonar
Cecilia Martínez era gimnasta, de las mejores de su equipo, cuando a los 15 años sufrió un desmayo durante la competición. Desde ese momento, durante dos años, peregrinó de un doctor a otro pero nadie podía darle un nombre a su padecimiento. "Unos me decían que tenía anemia, otros que un soplo en el corazón, o un problema de hipertensión, pero nadie sabía la causa y, en consecuencia, tampoco el tratamiento". Volvió a desvanecerse pero esta vez ya no se pudo levantar. Estuvo casi dos meses ingresada en el Instituto Nacional de Cardiología, y después de muchas pruebas por fin se obtuvo un diagnóstico: hipertensión arterial pulmonar (HAP).
"Esta enfermedad causa una presión elevada que se presenta sólo en las arterias de los pulmones, y no es la clase de presión que se puede medir con un esfigmomanómetro, por lo que es frecuentemente mal diagnosticada", dice Tomás PUlido, doctor especialista en HAP del Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez, en la Ciudad de Mëxico. La hipertensión arterial pulmonar indica que los vasos sanguíneos que van del corazón a los pulmones son muy angostos y los pulmones no pueden abastecer suficiente oxígeno a la sangre.
Factores de riesgo: el origen de la enfermedad aún se desconoce, pero al parecer hay factores genéticos y ambientales que predisponen a las personas a padecerla. También haber consumido pastillas supresoras del apetito; sufrir de alguna enfermedad del colágeno, como pueden ser la esclerodermia, el lupus eritematosos o la artritis reumatoide y ser consumidor de drogas como cocaína o meta-anfetaminas.
Síntomas: se parecen a los de muchas otras enfermedades diferentes: falta de aliento, fatiga, tos, mareo, desmayos, hinchazón de tobillos y priernas y dolor de pecho.
Diagnóstico: "solamente un doctor especialista (cardiólogo o neumólogo) puede determinar esta enfermedad", subraya el doctor Pulido. Para determinar si existe un diagnóstico de HAP se llevan a cabo una serie de análisis: electrocardiograma, ecocardiograma, cateterismo derecho del corazón y una prueba de caminata de 6 minutos de duración.
Tratamiento: depende de la edad, el estado de salud general y el historial médico. Incluye medicamentos vasodilatadores, anticoagulantes y diuréticos; oxígeno suplementario y una dieta moderada, sin sal y sin demasiados alimentos verdes. Cecilia Martínez tiene ahora 40 años: "He respondido bien a los diferentes tratamientos, aunque he tenido varias recaídas. Me tengo que cuidar mucho. También soy enfermera y dirijo un grupo de apoyo para pacientes de HAP. Como es una condición permanente y degenerativa, es bueno conocer a otras personas con el mismo problema y no sentirse solo".
Hipotiroidismo
La tiroides es una pequeña glándula situada en el cuello, justo bajo la manzana de Adán, que "ayuda al cuerpo a utilizar la energía", explica Arturo Zárate, jefe de la Unidad de Investigación de Endocrinología en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional. Cuando la glándula deja de producir suficiente hormona tiroidea, el metabolismo se desacelera. Aquellos que sufren esta enfermedad aumentan de peso, están fatigados y tienen lapsos de pérdida de memoria. Los síntomas son muchos y variados, pero al ser más o menos normales, el hipotiroidismo suele pasar inadvertido.
Factores de riesgo: las mujeres son cinco veces más propensas a desarrollar hipotiroidismo que los hombres. El riesgo aumenta con la edad y el embarazo. Según el doctor Zárate, "es una enfermedad con cierto carácter hereditario. Va en las familias". Aparece con más frecuencia en embarazos y con la menopausia.
Síntomas: intolerancia al frío, fatiga, aumento de peso, dolores musculares, constipación, voz rasposa, piel y cabellos secos, lapsos de pérdida de memoria, pérdida de energía, depresión, dificultad para dormir y caída frecuente de cabello.
Diagnóstico: se detecta al medir los niveles de la hormona tirotrófica contenida en la sangre.
Tratamiento: una dosis diaria de la hormona tiroidea de por vida. "El tratamiento realmente es muy sencillo, y permite que se recuperen todas las funciones", dice Zárate.
Síndrome de ovarios poliquísticos
"El síndrome de la poliquistosis ovárica es un desequilibrio hormonal. Esto produce alteraciones en el ciclo menstrual o la desaparición de éste", comenta Eduardo Goyri, médico de base del servicio de gineco-obstetricia de la unidad de tococirugía del Hospital General de México. Es una de las causas más frecuentes de infertilidad en el mundo, pero el tratamiento ofrece buenos resultados. Una vez re-establecido el equilibrio hormonal, es posible tener hijos.
Factores de riesgo: aproximadamente del 4% al 12% de las mujeres que se encuentran en edad fértil tienen ovarios poliquísticos.
Síntomas: sobrepeso, exceso de vello corporal y facial, periodos irregulares o inexistentes, acné y resistencia a la insulina. También, según el doctor Goyri, "para cerciorarse se tienen que ver más de 5 microquistes en los ovarios en la ecografía, cada uno de menos de un centímetro".
Diagnóstico: examen pélvico, ultrasonidos y análisis de sangre para medir los niveles hormonales. En el cuadro clínico tienen que aparecer los síntomas típicos como el hirsutismo y el retraso o ausencia de los ciclos menstruales.
Tratamiento: los anticonceptivos regulan el ciclo menstrual y a veces ayudan a la absorción de los quistes o a la disminución de la descarga hormonal natural, depende del caso, y dan muy buenos resultados. "El tratamiento es a largo plazo", comenta Goyri, "y siempre comienza con la dieta y el ejercicio. Si las pacientes no bajan de peso primero, las dosis hormonales no suelen hacer efecto".
Clamidiasis
A los doctores se les escapa esta infección bacteriana simplemente porque la mayoría de los afectados no presenta síntomas o son tan poco molestos que pasan desapercibidos. Cuando la clamidiasis no se trata en las mujeres, puede causar enfermedades inflamatorias en la pelvis, embarazo ectópico y, en algunos casos, infertilidad. "Al rededor del 60% de las afectadas no tienen síntomas", afirma Eduardo Goyri.
Factores de riesgo: cualquier hombre o mujer sexualmente activo puede llegar a padecer esta enfermedad, sobre todo aquellos que no tienen una pareja estable. Según datos del Instituto Nacional de Perinatología, la clamidiasis es una de las enfermedades de transmisión sexual más comunes en todo el mundo, aunque Mëxico ocupe el cuarto lugar en la lista.
Síntomas: inicialmente son poco severos (un purito genital y aumento de secreción vaginal), incluso las personas afectadas no acuden al doctor. Con el tiempo, las mujeres pueden experimentar dolores en el bajo vientre o la espalda, tener un acto sexual doloroso, sangrado entre periodos, nausea y fiebre.
En los hombres se manifiesta en la forma de supuración del pene, y dolor y ardor agudo al orinar; aunque, en opinión del doctor Goyri: "Los hombres rara vez presentan síntomas, son más que nada portadores".
Diagnóstico: la clamidiasis se detecta con un análisis de orina o un citología de flujo vaginal.
Tratamiento: se cura con antibióticos como la tetraciclina o la amoxicilina. "Lo ideal es que se trate a la pareja, porque sucede que, después de eliminar la clamidiasis en la mujer, esta reestablece las relaciones sexuales con su compañero, quien sigue siendo portador, y vuelve a aparecer", aconseja Eduardo Goyri.
Artículo escrito por Annuska Angulo, publicado en la revista Selecciones, en su edición de febrero de 2006.
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18 Febrero 2006

Como todo en esta vida, la aceptación de una pérdida, ya sea de la salud, de un miembro del cuerpo o de un ser querido, requiere de una serie de etapas previas hasta llegar al punto en que se ha aceptado y aprendido a vivir con ella.
Parker hablaba en 1972 de tres etapas típicas:
- La primera etapa se caracteriza por sentimientos de choque y estupor, acompañados por una fuerte tendencia a negar o ignorar la realidad de lo sucedido.
- La segunda etapa involucra ansiedad, depresión y los llamados "dolores de la aflicción".
- La tercer etapa surge en el momento en el que las personas pierden la esperanza de recobrar lo que han perdido y comienzan a hacer el ajuste para vivir bajo este nuevo esquema.
Todos los seres humanos contamos con mecanismos que nos ayudan a afrontar una pérdida personal, unos estamos más en contacto con ellos que otros:
Llorar
Es un mecanismo integrado útil para aliviar la tensión y el dolor emocional, y de esta forma restablecer, un poco al menos, el equilibrio interno, ya que através de las lágrimas (llorar sobre el hombro ajeno) se comparten las tristezas con los demás y se obtiene a cambio cierto consuelo emocional debido a sus reacciones de empatía, simpatía y pena.
Manifestación verbal
El alivio emocional que se obtiene al narrar los sentimientos es un elemento muy importante en la psicoterapia, ya que ayuda a liberar la carga emocional llevada por la persona.
Análisis de la situación
En la búsqueda del verdadero significado e importancia de la situación, la persona puede intentar asimilarla en su estructura congnoscitiva y reducir así su angustia.
Buscar apoyo
Las personas relevantes en la vida de quien está enfrentando la pérdida, son necesarios para su sostén psicológico y ayuda emocional hasta que pueda recuperar su equilibrio. La tristeza, a veces, ama la compañía. La ayuda de profesionales competentes es también necesaria para disminuir y acortar el período de angustia y ansiedad.
Dormir
El sueño tiene una función recuperadora, aunque se haga difícil conciliarlo (siempre puede pedir a su médico que prescriba algún medicamento adecuado para lograrlo). El soñar con la persona suele ser terapéutico al familiarizarse en otros niveles con el suceso traumático e integrarlo así, paulatinamente, a la estructura cognoscitiva sin hacer demasiado esfuerzo.
Terapias ocupacionales
El hacer cosas sencillas y agradables diluye la ansiedad al ocupar la mente en fuentes gratificadoras.
Viajar
Conlleva un cambio de ambiente y situaciones menos lacerantes. La terapia de distracción es muy importante en aras de recuperar al menos parte del equilibrio mental perdido.
Consuelo
La persona amada está bien y no quiere ser la causa de nuestros sufrimientos. La muerte es el regreso a un estado primordial en el que no existe sufrimiento, ni angustia, ni ansiedad. Y esto está científicamente demostrado. El ser amado nunca hubiera querido nuestro sufrimiento, entonces, ¿porqué sufrir sin límite ni medida?
Mi ser amado vive y actúa
Es nuestro protector, nos ayuda a superar las dificultades de la vida. Es nuestro benefactor en un plano existencial superior. Todas las culturas, a través de la historia, han practicado de una u otra forma el culto a los muertos como una terapia contra la privación del ser querido: lo mitifican.
Fragmento copiado de forma no del todo fiel del libro "Cuando un hijo se va... reflexiones en torno a la muerte" de Primitivo Martínez Fernández, Editorial Lumen
servido por Sayuri
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